Ires y venires
De foráneos, locales, parques públicos, vecinos peligrosos y la visión desde San Pedro hacía el sur del país.
“Voy a México”, dicen aquí como si no estuvieran en los confines del país. Así se usa, referirse a la capital quitando el “Ciudad de…”; al principio me daba risa y ahora ya lo digo también. Resulta que no escoges volverte partidaria del País Nuevo León, solo sucede que adoptas modismos y de pronto lo eres.
CDMX es un lugar y un concepto divisivo, “me encanta”, “no la aguanto”. Como juicios que emites de celebridades o gente que se siente lejana y por ende, comprensible.
La Roma + Condesa + Juárez, Polanco, Las Lomas, Bosques, Santa Fe, San Ángel, Pedregal y párale de contar. Quienes quieran darse de conocedores te hablarán de las virtudes de Coyoacán, la San Miguel, la Santa María, la Escandon… pero en realidad varias colonias centrales se sienten continuas, con límites sutiles; sin murallas ni abismos que las dividan. Algunas. No todas - las famosísimas fotos aéreas de Santa Fe comprobaron que nuestro país puede tener muchas regiones pero la fractura más real, es la de clase.
La verdad es que ser sampetrino o ser chilango fresa DTLV (de toda la vida) no es el salto cuántico que algunos creerían. Existen líneas trazadas en el aire, casi como telarañas pero aún más delgadas e invisibles que crean una continuidad entre las élites que van más allá de la cultura regional o las particularidades de cada familia. Aquello que nos une puede sentirse abstracto y simultáneamente inquebrantable - ciertos conocimientos, ciertas experiencias. Parentescos que destacan del promedio, una sociedad nada secreta pero que ciertamente se asume discreta.
Las Lomas con sus murallas y mansiones de cuento enmarcadas en árboles de jacaranda; Polanco con sus rascacielos que presumen arte cuestionable desde enormes ventanales; el Pedregal con su piedra volcánica, inspiración de cuantísimos artistas y diseñadores; la Roma una cacofonía de placeres visuales que abruman hasta a devotos de lo más barroco. Graffiti, árboles, murales, anuncios, posters, stickers, pintas, tags, y esculturas callejeras de basura folclórica, banquetas repletas de raíces rebeldes y de un collage viviente de almas en tránsito. Un mundo en cualquier cuadra. El Centro Histórico ni se diga, en sí mismo un planeta, todo y más. Y más. Pero le faltan árboles.
Pienso que San Pedro goza aún de un privilegio poco conocido para el chilango promedio: el silencio. Alejarse de alguna de las arterias centrales es poder aislarse (dependiendo la hora y el día) de los ruidos ensordecedores de coches y máquinas. En CDMX es raro poder poner distancia, realmente callar todos esos gritos: finales y principios continuos, golpeándose incesantemente dentro de una mezcladora de cemento. El motor del progreso: el ruido, el caos. Restaurantes, bares, vendedores, vías rápidas, ambulancias, patrullas, carros…
Pero esas cosas no necesariamente las quieren en San Pedro. A diferencia de la Ciudad de México, aquí los límites entre municipios sí son definidos y están atravesados por un enorme sentido identitario y de pertenencia. Hay cosas y personas que no deberían estar aquí. Recientemente, se reavivó el conflicto sobre el uso de los parques sampetrinos por “gente de otros municipios”.
Las quejas de los foráneos invasores habían cesado durante el mundial, “bienvenidos, willkommen” dicen los banderines que ondean por todas las calles importantes. No eran mensajes destinados para residentes de Apodaca, más sí de otras esquinas del planeta. ¿Por qué somos así los mexicanos? Hubo muchos chistes sobre que en el FanFest, quienes dejaron detrás sus buenos modales y se agarraron a besos con desconocidos, no ligaron con portadores de pasaportes extranjeros sino con residentes del exótico municipio de Guadalupe o San Nicolás.

Sin embargo, no se ha jugado el último partido y ya resurgió aquella queja tan “típica” de los sampetrinos. Ellos tienen derecho al mundo, pero solo un grupo selecto, a su feudo.
La realidad es que la alta demanda de los espacios y eventos en San Pedro está directamente relacionada con que no hay una distribución de espacios verdes que pudiera considerarse “justa” ni cercanamente proporcional a la población del área metropolitana. Muchos espacios que existen en la ciudad, viven en descuido constante y aparecen solamente para la foto de campaña. Pero no es solo tener un área verde que esté cuidada, es también la seguridad que ofrece el Municipio, es la falta de transporte público (y opciones de transporte) para poder trasladarse y es la oferta cultural o recreativa de cada espacio.
San Pedro es excepcional, pero no tendría por qué serlo.
Distintas definiciones de la barbarie
El término “chirigüilo” o “chiriwillo” se usa para denostar a los foráneos, particularmente aquellos del sur del país y en especial quienes provienen de un menor nivel socioeconómico o que son identificados con rasgos indígenas. Para algunos regios - y sí, digo regios porque honestamente no he escuchado a Sampetrinos usar la palabra - aquellos migrantes son los culpables de todo mal local. Realmente no es complicado explicarlo: es clasismo, racismo y aporofobia.
En corto: miedo y desprecio a los pobres, pero irónicamente, de personas mucho más cercanas a su propia condición.
A mí me es interesante que se vea con tanto disgusto y sospecha a los oriundos de Chiapas, Oaxaca, Guerrero o Veracruz cuando realmente esa es la cuna de la cultura en este país. Hablo de la cultura ya que a los foráneos del sur se les asocia con criminalidad, mala educación, poca higiene y todas las otras ideas estigmatizantes.
La historia prehispánica, los grandes muralistas, nuestros líderes democráticos… toda aquella historia es despreciable porque nada de eso se puede cotizar en la bolsa de Valores de Nueva York. Un Zambrano (es decir, un sampetrino) fue el responsable de permitir que la colección Gelman pase a manos privadas y posiblemente dejé el país. Las obras de nuestros grandes artistas que sí hacen honor a nuestra historia indígena y a nuestro presente convulso, solo valen cuando se venden. La historia conjunta se rompe cada vez que alguien ve posibilidad de lucrar con un cacho de algo que es de todos. Pero a eso no le llames corrupción ni avaricia, a eso llámale “espíritu emprendedor”.
Vasconcelos (el original, no el anciano-junior morenista) se ganó el odio de todos los norteños letrados cuando proclamó que la barbarie empieza donde acaba el guiso y comienza la carne asada. Se le olvidó considerar que quien no es culto, no entiende ni le importa que diga un viejo oaxaqueño, por más célebre que haya sido para la historia de este país.
País, que todos los norteños te aseguran, no sería nada sin su trabajo.
Es irónico, trágico o poético - no sé - que quienes denostan ese centro-sur del país pero idolatran San Pedro, no ven lo mucho que los Sampetrinos “de verdad” aprecian esa cultura. Las dos entradas más importantes del municipio están flanqueadas por artistas oaxaqueños: Dr. Lakra en el túnel y la Niña Cangrejo de Sergio Hernández en el puente Miravalle. La devoción de Mauricio Fernández por los artistas de Oaxaca queda manifiesta en su colección de la Millarca.
Las casas de fortunas y gustos similares también exhiben cuadros de Toledo, Morales o Tamayo. Igualmente, todas las artesanías de barro negro, de filigrana, de palma y de metal, se exhiben con el orgullo que ameritan.
Pero bueno, a los incultos todo esto les pasa por encima de sus acomplejadas cabezas. Lo único que ven es PIBs y números negros o rojos, signos de dólar o yen.
De capos y jefes
Los “peligrosos” invasores que llegan en camión, desplazados por pobreza o violencia (o bien, ambos) no son quienes amenazan el estatus quo de los sampetrinos. La realidad es que no existen vagabundos porque la policía los saca a Monterrey. Aquí no se ve nada de la desesperación económica que notas del otro lado del río, así que la amenaza de los visitantes de parques termina siendo la queja más común. Pero no tiene que ver con que vivan aquí, justo la queja es que “no pagan predial”.
Insisto que los Sampetrinos, “ni los topan”, pero en los municipios aledaños, el pleito está cantado. Y es interesante siempre, ver cómo “los de abajo” se despedazan y los de arriba ni se inmutan. Esos problemas migratorios son cosas de otros códigos postales; aquí el conflicto emana de los huachicoleros y los narcos. No sus pobres operadores, no quienes más fácilmente son reclutados o secuestrados para ser carne de cañón.
Aquí asedian como hienas a su presa, los criminales que quieren hacerse pasar como criminales de cuello blanco. Que se esconden tras mansiones y carros lujosos, amistades faranduleras y los códigos más básicos de la riqueza.
Bolsas, aviones, yates, me aburro solo de pensar… el tema es que esa clase se delata en su desesperación por vivir o hacer creer que viven la buena vida. “Es un rato”, dicen quienes saben que escogieron una profesión que los llevará jóvenes a la tumba.





